Fernando Montaña
Docente
¡Qué duro cambiar! Se revuelve hasta el alma con sólo pensar que se han de modificar muchas cosas de las que rutinariamente mantienen el confort. Los que ya han gozado varias décadas lo deben experimentar. Y aunque podrían confesar que ninguno de dichos cambios degradó su trabajo o los derrotó llevándolos quizá a abandonar la misión laboral que les fue encomendada, habrán asumido en la cautela de los años el nuevo aprendizaje y, a partir de éste, mejores y más prácticas tareas en sus desempeños.
Sin embargo, un temor latente genera sobresaltos y ansiedad. ¿Se podrá con el nuevo cargo o función? ¿Cómo lo recibirá la comunidad? ¿Cómo actuará el nuevo jefe? ¿Se podrá manejar la nueva máquina? Y así, entre dudas y trasnochos transcurren los preliminares de un renovado escenario que se debe afrontar en todas sus desconocidas dimensiones.
Cuatro décadas antes pude percibir y vivir un colorido lasallismo, aureolado por la estrella pentagonal de fe, fraternidad, servicio, justicia y compromiso. No hubo ni lugar ni tiempo que no hirvieran de emoción al entonarse la Marcha La Salle mientras azules y amarillos imprimían en mente y corazón la trascendencia y la fe de transformar al mundo.
Pero mucho había de cambiar, para bien. Sentí el remezón interno al enterarme de la nueva fachada del colegio. Mi corazón, vibrando por siempre en azules y amarillos como que no alcanzaba a digerir otros colores para la planta física. “¡Lástima la viveza del colegio!”, me decía en mi lejano mudo.
El día que fui de visita a comienzos de febrero, luego de salir de la capilla me encontré de frente con una brillante realidad cuyas ventanas y vidrieras parecían llamar en actitud acogedora. El aire como que iba más veloz, acorde con la alegría infantil de los niños en los patios y al sol, candente ya, la música para el cambio de las clases se antojaba una armonía de entusiasmo. Pude notar también en mis diálogos con varios funcionarios, que existe marcado compromiso para con el proyecto educativo lasallista y se explicita verdadera lealtad hacia la hermosa misión de educar. Hasta en uno de ellos en que se coló la opinión de una madre de familia nueva que acababa de matricular a su retoño, sin que le preguntáramos afirmó: “¡Qué bonito este colegio! Estoy muy contenta de traer mi niño aquí. Y él también”.
Sí, son duros los cambios. Pero cuando en ellos se percibe la intención leal de construir sobre bases ya sentadas y de marchar al ritmo acelerado del mundo, el hombre de visión asume el reto y en felicidad temprana disfruta cooperando en realzar el escenario de su cotidiana misión.
Gracias a la comunidad de los Hermanos, al Hno. Gregorio como líder y a todos los colaboradores el espíritu de La Salle continúa el legado del Santo Fundador, aterrizado en la transformación de una sociedad que ha de tomar mejores rumbos a partir de niños y jóvenes que crecen en sus lúdicos espacios.


Es grato ver cómo se han revitalizado las instalaciones del plantel que nos acogió y tanto saber nos transmitió para hacernos personas de bien!
Su presencia permanece en el mismo lugar que nuestras mentes guardan como un grato recuerdo y no han hecho como tantos que trasladan su asentamiento a nuevos campos en la periferia de las ciudades. Todo eso nos lleva a sentir con gratitud y aprecio que La Salle sigue siendo “Mi Colegio”
Estoy en total acuerdo,con mi amigo el Paisita, a veces nos cuestan los cambios,pero cuando con ellos vemos a la juventud vibrar de alegria, y toda una gran familia Lasallista trabajar de la mano con los Hermanos, los que tenemos juventud acumulada y pasamos por tan bellos recuerdos, nos sentimos felices. Gracias por siempre La Salle.